Este libro no nació como proyecto.
Nació como necesidad.
Como una urgencia silenciosa que se instala en el pecho cuando la ausencia no cabe en el cuerpo y pide palabras para no volverse olvido.
Escribí este libro para Gonzalo porque hubo una vida que me atravesó y no aceptó desaparecer sin dejar huella. Porque el amor —cuando es real— no termina: cambia de forma, de voz, de lugar. Y escribir fue la única manera honesta que encontré para seguir hablándole, para seguir viviendo.
No fue un proceso ordenado ni amable. Fue largo, quebrado, íntimo. Hubo textos escritos hace más de veinte años y otros nacidos hace apenas meses. Algunos llegaron como susurro; otros, como grito. Ninguno fue forzado. Cada palabra se quedó porque tenía que quedarse. No edulcoré el dolor ni lo volví épico: lo escribí como fue. Crudo. Humano. Verdadero.
Este libro es memoria, pero también es resistencia.
Es un acto de amor, sí, pero también de responsabilidad emocional. Porque callar lo vivido habría sido traicionarme. Porque guardar a Gonzalo solo en el silencio habría sido matarlo un poco más. Porque escribir fue —literalmente— una forma de sobrevivir.
Aquí no hay idealización. Hay historia. Hay duelo. Hay gratitud. Hay culpa, rabia, ternura y una pregunta que nunca se responde del todo. Hay una mujer que escribe para no romperse y que, sin darse cuenta, se reconstruye palabra por palabra.
Este libro no busca consuelo fácil ni finales cerrados. No es autoayuda ni catarsis pública. Es testimonio. Es legado. Es una conversación que continúa cuando todo lo demás se detuvo.
Lo escribí para Gonzalo, pero entendí en el camino que también lo escribí para quienes aman sin garantías, para quienes cargan ausencias que nadie ve, para quienes siguen de pie aunque el alma haya tenido que aprender a caminar coja.
Publicarlo no fue una decisión liviana. Exponer esta historia tampoco. Pero hay verdades que, si no se comparten, se pudren por dentro. Y yo elegí que esta historia respirara.
Este libro es mi manera de decir:
esto pasó,
esto dolió,
esto importó,
y este amor —a su modo— sigue vivo.
Para Gonzalo.